domingo, 3 de agosto de 2014

Cometa Halley.

No hay día que no me acuerde de ti
como no existe día que no me culpe
por no haber ido a verte
la última vez que pude.

Es increíble que todo haya seguido como si tú no te hubieras ido.
Que los árboles hayan continuado con su baile, que los niños vuelen a ras de suelo en el parque, que los pájaros canten entre el ruido de la calle...

Todo sin ti, como si nunca te hubieras ido;
como si nunca hubieras existido. 

Las amapolas del mar perdieron los tonos cálidos
y te los regalaron, a ti.
Para que no tuvieras frío en el viaje, para que llegaras sano y salvo, para que te pesara un poco menos el equipaje:
Esa alegría, ilusión, honradez y coraje,
que no se perdiera,
y que así marcharte, no te doliera. 

No sé si te fijaste en las golondrinas que acariciaron el cielo
el día que tu cuerpo se convirtió en hielo.
No sé si pudiste darte cuenta de que el sol brilló con más fuerza
alegrándose por tener una estrella nueva cerca. 
No sé qué pensaste
cuando lloramos tan desconsolados,
cuando tú dijiste que querías que fuera una fiesta,
que no querías ver un cuerpo desolado.

No lo sé.

Pero a veces sonrío y sólo a veces por todas esas en las que tú lo hiciste sin fuerzas.
Por ti, una vez más diré que estoy bien, que no me pesan los párpados por no dormir, que no siento un escalofrío cuando pienso que podía haber ido y que no fui.
Sonrío, por ti.
Por cuando éramos pequeños y correteábamos en el césped.
Por ti.
Por cuando te enamoraste por primera vez y fue correspondido.
Por ti.
Por cada ilusión que abrazaste, aunque ya no fuera conmigo.

Ojalá sonrías tan fuerte que el resto de estrellas se fundan de envidia.
Ojalá tus padres puedan sonreír pensando en la obra de arte que hicieron al tenerte, aunque tuvieras que marcharte, aunque desde aquel día no puedan volver a abrazarte.

Te convertiste en un cometa Halley.