sábado, 3 de mayo de 2014

Acuarelas.

Algo pálido y grisáceo se levanta cada mañana del colchón tirado en el suelo, se pone el disfraz de ser humano y va a "vivir" el día. Así cada día.

Recuerdo cuando las personas tenían color y no máscaras.
Cuando nadie necesitaba prendas de tela con las que cubrirse para fingir que están vivos. 


Hoy mi niña interior ha llovido tanto que el gris de sus ojos ha trazado un dibujo a carboncillo sobre su flaco cuerpo.
Ha descubierto que ya no tiene color.
Normal que diluvie.


Las familias lloraban de la risa, los niños jugaban en los parques y el corazón en querer, no tenía prisa. Era como si hubieran pintado las calles con acuarelas y la felicidad bailara cálida. 

Hemos vuelto a la época del blanco y negro.
Algunos parecen felices pero están tan grises como el fondo del precipicio en el que quieren navegar. Y qué triste.


No recuerdo cuando dejé de tener color y me convertí en un croma que varía desde el pulcro blanco hasta el negro apatía.

Pero lo que sí sé es lo mucho que duele mirarse en el espejo y no reconocerse.
Verlo todo tan gris que se te sequen los ojos. 


No dejéis que el color se escape de vuestra lámina de dibujo.
Y si hace falta, robad un par de temperas y colorear cada rutina. 


Pero no dejéis que la muerte gane.

La tristeza 
es una chica 
a la que no merece 
la pena
desnudar

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