viernes, 23 de mayo de 2014

Autoengaño. Vol I.

(Y como no es lo mismo leerlo que escucharlo, aquí tenéis el audio: https://soundcloud.com/alcervosia/autoengano-vol-i 

Volumen I. 

Yo, que aborrezco el alcohol, 
únicamente quería emborracharme de ti.

Y tú no estabas ahí.
Y yo gritaba en silencio que o me regalaban vida o me iba a morir.

Y tú sin saber qué era de mí.
Y yo nadando en rencor jurándome que a mi caos nunca querías venir.
Nunca.


Pobre de ti.

El bar estaba lleno de sonrisas, de "te quiero", de prisas, de "no puedo", de versos y copas, de cerdos y putas, de amantes, de besos que no encuentran boca.

El bar, estaba lleno de cuerpos que quieren bailar pero no se rozan, de mares, de precipicios, de rosas, de finales, de papeles, de principios, de niñas bailando desnudas, de drogas, de principitos, de sogas, de chupitos. 

El bar estaba lleno de personas.
El bar, estaba lleno de tristeza, de amor, de dolores de cabeza, de vozka y su ardor, de sueños empapelando paredes, de caídas, de amapolas, de pechos como burdeles.

El bar, estaba lleno de olas, de tempestades, de abrazos, de cañones, de almas, de corazones.
El bar estaba lleno de poesía. 

Y no estabas tú.

A lo mejor no eras para tanto... O bueno... Con eso quiero engañarme.

Y siguen los yonkis metiéndose rayas en los baños, arañando su interior, contando los años que les quedan de aguantar ese dolor. Siguen las norias del abismo vomitando, gritando que los monstruos no están bajo la cama, que están bajo nosotros mismos, que cómo vamos a ser poetas si no soportamos el amor.

Sigue la vida su vida...
       El ruido inundando el ruido...
            Los sueños perdiendo sueños...

Sigue todo como siguen las cosas tristes desde que mi culo no pasea por tu pasillo, desde que tú no me desvistes y arrancamos los besos como fumamos cigarrillos.

La verdad... 
                    Te echo de menos.

Pero mejor olvidarte con el tiempo que arder viéndote escuchando cómo tus ojos dicen: "No te siento". 

domingo, 18 de mayo de 2014

En mis vértebras.

En ese momento, sentí.
Sentí con todas mis fuerzas algo punzante que abrazó cada una de mis vértebras mientras detuve el tiempo solo para acariciarlo.

Sentí que todo lo que había estudiado, todo, no servía de nada.
Quise tirar todos los libros de Marketing de mi casa, quemar los de auto-ayuda, asfixiar a Paulo Coelho. 


Sentí que si antes de morirme me enseñaran un contador con las horas que he perdido delante del móvil, me suicidaría en el acto.

Sentí que quería meter un guantazo a todas las personas -todas- que no se dan cuenta de que les están sonriendo por estar mirando a sus pantallas. 

Sentí que tenía la necesidad de bajar la cuesta más alta de Madrid en la tabla a pesar de tener el menisco destrozado, a pesar de partirme la cara en el asfalto. 

Sentí que necesitaba tocar fondo para empezar de cero y sentí por primera vez, que ya lo había hecho.

Te vi en el fondo y dije "¿Quieres quedarte ahí? Adelante, quédate, yo me voy".
Y sentí en ese momento que por fin, era libre.


Sentí que necesitaba escribir como si las palabras salieran de mi brazo arrancándome la piel.
Sentí que necesitaba estrangular las mariposas de mi enfermo estómago, disparar a cada pájaro de mi cabeza.
Sentí que necesitaba diluviar sobre el papel.


Fui a darle el mayor morreo de la historia a Chuck Palahniuk y con lágrimas en los ojos, le di las gracias.
Recogí todas las flores del mal de Baudelaire y se las regalé a la triste niña interior de Pizarnik.

Sentí que necesitaba acabar con toda la violencia del mundo. Que necesitaba callar todas las personas infelices que ahogan al resto con sus puñetazos. Que podía cambiar algo, aunque fuera en mi vida.

Cuando desperté y descubrí que no tenía corazón, sentí que podía empezar de cero.
Detuve el tiempo para acariciar ese algo punzante que trepaba por mis vértebras y escribí.


Escribí que por fin,
era libre.

martes, 13 de mayo de 2014

Algo.

La Antártida no es tan fría si la comparas con tus ojos.

Hay una niña caminando por el hospital, hablando a solas como lo hacen los locos.

El desierto no está tan vacío si lo comparas con el eco de tu pecho.


"¿Qué tal?" "Bien, todo genial".
Va dejando un rastro de sangre desde el corazón hasta el suelo.
Cada pasito manchado de rojo.


Los polos no son tan gélidos si los comparas con tus sentimientos.


Repite una y otra vez:
"Bien, estoy bien".
Pero nadie pregunta, solo sonríen desde lejos.


Los volcanes no son para tanto si los comparas con tus remordimientos.

La niña camina grisácea, impávida ante si su corazón bombea o ya no tiene movimiento.

Los rascacielos no dan tanto vértigo si los comparas con tu forma de mirar el mundo, de juzgar el viento

Tímida deja que el pelo baile sobre su rostro,
pasea su tristeza,
canturrea como una muñeca.
Hay un sentimiento nauseabundo en su sonrisa quieto,
no miento.

Las nubes no son tan libres si las comparas con tu egoísmo.

Ella baraja las posibilidades de marcharse o nunca irse, como si se tratara de malabarismo.

Los ríos no son tan ágiles si los comparas con tu carácter.

Le tiemblan las piernas frágiles,
se lleva la mano al
rojo,
le dice que aguante un poco más,
que de la vida no se baje.

Pero tú y yo sabemos que ni Eiffel es tan grande comparada con la necesidad que tiene mi niña interior de escaparse sin equipaje.


Vuelva a intentarlo de nuevo
o más tarde.


Perdimos por cobardes.


jueves, 8 de mayo de 2014

¿Y tú qué tienes?

Tengo
la Antártida en mis pulmones, el frío escapándose de mis labios,
la cualidad de romper y besar corazones,
la indiferencia ante los problemas como los sabios.


Tengo
un par de pájaros bailando por mi cuarto.
A mi niña interior dudando si irse o quedarse desde hace un rato.


Tengo
un par de poesías entre las costillas,
algo que susurrar en tu espalda,
la ilusión de vivir brillando como Sevilla
y unos secretos celestes bajo la falda.


Tengo
una gran colección de tristezas,
muchas sonrisas para compensar mi cajón de rarezas,
la certeza de que el dolor lleva al arte
y el arte de llevarte donde nuestra paz crezca.


Tengo
todos los relojes de arena rotos.
Acuarelas en la piel, acuarelas en la pared,
la basura llena de recuerdos de ayer
salpicada con fotos.


Tengo
la seguridad de que del cero al cien
el apogeo que vivo no se queda corto.


Tengo
ganas de leer cada uno de los libros
que me expliquen como no volver a querer.
Una sonrisa de lado a lado
sabiendo que eso nunca lo voy a aprender.
La ducha con agua fría esperándome
para llevarme al viaje que voy a emprender.

Los cuernos de chica-ciervo preparados
para despertar desnuda en la nieve en medio del bosque,
y no necesitar pensar qué voy a hacer.


Ni con esto, ni con lo otro.
Es momento de no volver. 

sábado, 3 de mayo de 2014

Acuarelas.

Algo pálido y grisáceo se levanta cada mañana del colchón tirado en el suelo, se pone el disfraz de ser humano y va a "vivir" el día. Así cada día.

Recuerdo cuando las personas tenían color y no máscaras.
Cuando nadie necesitaba prendas de tela con las que cubrirse para fingir que están vivos. 


Hoy mi niña interior ha llovido tanto que el gris de sus ojos ha trazado un dibujo a carboncillo sobre su flaco cuerpo.
Ha descubierto que ya no tiene color.
Normal que diluvie.


Las familias lloraban de la risa, los niños jugaban en los parques y el corazón en querer, no tenía prisa. Era como si hubieran pintado las calles con acuarelas y la felicidad bailara cálida. 

Hemos vuelto a la época del blanco y negro.
Algunos parecen felices pero están tan grises como el fondo del precipicio en el que quieren navegar. Y qué triste.


No recuerdo cuando dejé de tener color y me convertí en un croma que varía desde el pulcro blanco hasta el negro apatía.

Pero lo que sí sé es lo mucho que duele mirarse en el espejo y no reconocerse.
Verlo todo tan gris que se te sequen los ojos. 


No dejéis que el color se escape de vuestra lámina de dibujo.
Y si hace falta, robad un par de temperas y colorear cada rutina. 


Pero no dejéis que la muerte gane.

La tristeza 
es una chica 
a la que no merece 
la pena
desnudar