domingo, 7 de julio de 2013

Anécdotas de domingo y otros dramas.

Muchas veces, el metro no es más que un sitio tenue en el cual un grupo de desconocidos pierden vida a tu lado. Unos trajeados, otras agotadas de aguantar un trabajo que les llena la cartera pero les vacía el corazón… También, viajan adolescentes riendo, cantando o discutiendo. Mayores de edad buscando sitio donde poder descansar los huesos. Días, en los que entran hombres de seguridad y reclaman un par de billetes. Tardes, en las que se cuelan artistas callejeros con instrumentos y palabras, mendigando un par de monedas. Noches, en las que el suelo se llena de alcohol y rostros muertos.
Sin duda, lo que diferenciaba este viaje, era la chica que se apoyó en la pared a mi lado.
Yo estaba leyendo Tokio Blues absorta totalmente del exterior. El libro acababa de caer en mis manos y como si se tratara de devorar la comida más dulce que pudiera pasar por mi paladar, me dejaba llevar por la descripción de Naoko, los árboles y el prado. Pero entonces, un ruido se filtró en mi pequeña burbuja separando mis ojos marrones de la tinta impresa en páginas de papel.
Escuché la respiración agitada de una persona que sin paz alguna, llora. El quejido de un ser humano que necesita desahogarse –y por motivos de la vida- se reprime. La primera fase de una crisis de ansiedad, quizás.
Miré a mi derecha y vi como lloraba la chica de ojos color abismo.
Era de piel mulata, llevaba el pelo recogido de una forma elegante y el maquillaje caía como un río por sus mejillas redondeadas. Era guapa incluso llorando de esa manera tan espantosa. Imaginaos lo bonita que era y lo bien que le quedaba el vestido de tela que portaba.
Las dos, teníamos delante a una niña rubia de unos doce años. Pálida como una estatua de mármol que con ojos grandes azulados, miraba salpicada por la tristeza, a la chica que se estaba deshaciendo ante nosotras.
Hubo un instante en el que sus pupilas se cruzaron. La pequeña estatua de Miguel Ángel sonrió, pero eso no fue suficiente y nuestra paciente, empezó a sollozar de forma precipitada.
Si os soy sincera, nunca antes había hablado con un desconocido por el motivo de verle llorar. Pero sé como se siente rodeado de personas en un momento de tristeza. No sé vosotros, pero yo cuando me he visto en esa situación, me he hallado increíblemente sola. Llorando en público y sin alguien que me abrazara. Todo un drama.
Pero voy a dejar de vomitaros anécdotas patéticas mías ya que el motivo de la historia no soy yo, y no, no la abracé. Aunque sí que busqué un clinex y escribí con letra cursiva:
“Si necesitas llorar, llora.
Suspira cada vez que el cuerpo te lo pida.
Pero recuerda, siempre hay que coger aire para volver a empezar de cero.
Hasta las torres más altas pueden hundirse, reconstrúyete”.

Tampoco supe qué hacer muy bien con el clinex.
La intención principal era dárselo pero, ¿quién cojones era yo para hablarle a una desconocida de vida? ¿Por qué tenía la estúpida idea de que ella sonreiría al leer eso?
Aún así, cuando el metro llegó a la parada “Las tablas” y observé como se  precipitaba hacia la puerta, no pude evitar agarrarla del brazo.
Ella se giró un poco asustada pero cordialmente, sonrió esperando mis palabras o petición. Extendí la mano y cuando tuvo mi carta, le devolví la sonrisa.
Tampoco sé explicaros muy bien cómo me sentí después de ese momento ni cómo se sintió ella. Solo puedo decirlos que cuando lo leyó, me tiró el papel a la cara y diciendo algo en un idioma desconocido, se bajó del vagón.
El resto de viajeros debieron entender mejor que yo lo sucedido.
Aunque si os soy sincera, todos permanecían impasibles a la situación. Con el mismo gesto de indiferencia que al verla llorar.
Sólo me miraba aquella niñita rubia y sonriendo, consiguió que me encontrara un poco mejor.
No sé si hice lo correcto o no. Tampoco sé si tendré el valor de volver a acercarme a alguien con la ilusión de una cría, en busca de una sonrisa. Quién sabe.
Lo único que sé a estas horas del día, es que el metro es un lugar extraño en el que un montón de desconocidos abandonan temporalmente sus sueños a cambio de luz y ruido.
Y que mi madre tenía razón -siempre- diciéndome:
No te acerques a desconocidos; por muy tranquilos que parezcan, quizás acabes metiéndote en problemas.

La conclusión, es que supongo que eso es lo que pasó entre tú y yo.
Nos conocimos en una situación extraña y sin duda alguna, no teníamos ni idea el uno del otro. Creo que por ese motivo nunca supimos abrazarnos con suficiente cordura para curar nuestras heridas.