jueves, 23 de mayo de 2013

Construyendo un texto y las bases de mi vida.


Escribo.
Borro.
Escribo.
Borro.
Escribo.
Borro.
(Y así sucesivamente).

Un párrafo hablando de mí, de lo mucho que me echo de menos.
Lo borro.

Un párrafo hablando de ti, de las ostias que te daría por insoportable, de las ganas que tengo de besarte, de abrazarnos, de decirte que te vayas, que te quedes, que te aclares: que me ames.
Lo borro.

Otro párrafo hablando de mí, de lo mucho que necesito escapar de aquí.
Yo no quiero vivir así.
No te quiero Madrid, nunca tuviste vistas al mar.
¿Qué te hace pensar que quiera estar a tu lado?
No quiero abrir la jaula de las ilusiones estudiando algo que no me llene.
No quiero ver escapar todos mis sueños.
No quiero eso.
No.
Yo necesito vivirlos. Necesito cambiar la situación, cambiar mi vida. Pero…
Lo borro.

Cojo aire para empezar a escribir éste nuevo párrafo. Vuelves a colarte en mí; como siempre.
Suspiro.  (Y eso que dije hace meses que no dejaría que desordenaras más mis sentimientos)
En este cacho de papel hablo de lo mucho que necesito que vayan bien las cosas entre tú y yo. De los momentos empapados de ternura que me has regalado. De los “te quiero” entre caricias escondidas en las sábanas. De esos crispies a las siete de la mañana en el césped viendo como nuestra ciudad amanece. De tu acelerón con el coche diciendo “Anita, ¿nos escapamos?” seguido de esa risa ronca que tan débil me hace. De lo arrepentida que me siento por no dejar que lo hiciéramos.
Lo borro.

Escribo un párrafo nuevo hablando del nudo de mi garganta. 
De lo rota que me deja Vetusta Morla y su nostalgia. De las dudas que ocupan cada rincón de mi vida. De los días raros en los que me entran ganas de gritarme “¡YA BASTA! ¡TIENES QUE EMPEZAR DE CERO!”
Pero de verdad.
Sola o acompañada.
Volver a retomar mi historia.
O mejor aún: Pasar de página, terminar el libro y empezar uno nuevo.
Aún así...

Lo borro.

Retumba el silencio mientras leo cada palabra.
Empiezo a llorar.

Borro las lágrimas.

Escribo un párrafo dejando claro lo que siento. Lo que necesito. Lo que me asfixia. Lo que me agota:
Te echo de menos.
A ti, la persona que eras antes.
Me echo de menos.
A mí, la chica que no he conseguido conocer aún. La niña que patalea en mi interior.
Lo borro.

Escribo un mensaje de texto en el que te digo lo que quiero que hagas:
Vete de mi vida y haz la tuya.
Lo envío.

-Silencio-

Tras perderme observando nubes por la ventana, me acuesto en la cama.
Techo blanco. Mente fría. Indiferencia. Rutina. Inseguridad. Vértigo.
El móvil vibra.
Un mensaje de texto con tu nombre en la cabecera:

Asómate a la ventana.
Te veo.
Sonríes.
Sonrío. 

Vuelvo a sentarme a escribir.

Comienza un párrafo en el que hablo de lo idiota que eres.
De lo poco que te aguanto.
De lo mucho que te necesito.
Lo guardo.

Otro párrafo hablando de mí.
De lo mucho que me quiero. De lo genial que es mi vida gracias a X personas. De lo difícil que podría ser todo y lo capaz que soy de encontrar un lado positivo a cada tristeza.
Escribo una vez más dos palabras que no quiero que se me olviden, subrayadas y a negrita:
Me quiero.
Lo guardo.

Y por esa manía mía de buscar una estética agradable, añado una frase final para terminar la entrada del blog que más tarde publicaré:

Introducción a una vida libre: 
Por muchas vueltas que de la vida, haz lo que quieras en el momento que lo necesites.
Márchate todas las veces que la mente te lo pida.
Escápate leyendo cada segundo que estés a solas.
Escribe como si el papel fuera la única salida para poder respirar.
Suspira los instantes que tus pulmones te lo pidan.
Perdona, no juzgues, olvida el pasado y aprovecha el presente.
Valórate.
Dile a los que tienes cerca que les quieres.

Lo guardo.

Añado en el pie de página un mensaje para mí misma; algo que no debo olvidar: 
Ana, a tu padre abrázalo cada día –por mucho orgullo que exista entre los dos- recuérdale lo mucho que valoras que siga vivo. Dile lo mucho que le quieres. Lo mucho que valoras que su salud siga echándole valor a la vida. 

A tu madre –que es la mejor persona que tienes- susúrrale lo mucho que le quieres cada mañana, cada noche. Agradécele todo lo que hace por ti. Todo lo que te aguanta. Todo lo que te cuida. Todo lo que te quiere.

A tus hermanos –los seis, sin excepción- trátales como se merece un hermano. Con amor, paciencia, comprensión y cariño.
Como dijo aquel al que quieres tanto “Un hermano –para bien o para mal- es algo que te dura toda la vida”. Aprovecha que les tienes y disfruta de su tiempo.

A tus sobrinostrátales como los hermanos pequeños que nunca tuviste.
Enséñales todo lo positivo que sabes, demuéstrales que la vida merece la pena, que el odio a nada lleva y que el amor es capaz de curar cualquier herida que roce el alma.


A tus amigasescúchalas. Compréndelas. No dejes que tus problemas sean sus preocupaciones. Habla de ellos: sí. Pero trata de solucionar y aconsejar los suyos.
No seas egoísta -que es algo que te cuesta muchísimo- y piensa en las demás personas.

Respecto el que te está esperando abajo… Deja que se equivoque todas las veces que lo necesite. Deja que aprenda. Que se sienta sólo después de haberte pedido que te vayas; sólo así notará lo mucho que le haces falta.
Deja que vuelva a tu vida todas las veces que tú quieras y necesites.
Al fin y al cabo, le amas. ¿No?

Así que, eh.
Sigue hacia delante. Nunca es tarde para empezar de cero.
(Tú acabas de hacerlo)
Coge aire y sonríe.
Es TU VIDA: aprovéchala.
Leo el texto final y con una sonrisa de lado a lado:
Lo guardo.