martes, 12 de marzo de 2013

Ni París se puede comparar contigo, cariño.

Te escribo en silencio procurando que el resto de personas no descubran la relación que tenemos.
Susurro al papel con voz añiñada lo mucho que te quiero.
A ti. Tú que me abrazas las noches tristes regalándome un refugio de pasión.
A ti. Tú que gimes al pincel cuando suave, poco a poco, trepo por tu piel.
Llevo incontables días buscando tu aroma en los tiernos pliegues de las sábanas.
Pero te has vuelto a ir.
Au revoir mon coeur, regresa pronto.

Las vigilias a solas esperando tu llegada se hacen desidiosas, llenas de espinas, eternas.
Aún así no pierdo la esperanza.
Sé que cuando más asfixiada esté,
cuando más te necesite,
volverás.
Con esos labios invernales besando mis heridas.
Lamiendo las cicatrices causadas por el juego de caer siempre con la misma piedra.
Tú siempre vienes, cielo.
(Quizás por eso te amo tanto. Es probable que sea uno de los motivos para tener esta adicción a ti semejante a la dependencia del drogadicto con la cocaína. No sé).Siempre vago pagando al papel con un par de monosílabos a cambio de unos gramos más de tu ser.
Lo sé.
Es contradictorio este querer:
Te ansío pero sufro cuando no te llego a poseer.

Pero... En definitiva.
Gracias por llenar la caja de cartón que tengo por corazón de emociones.
Gracias por pintar el gris de mi rutina con tu poema cromático.
Gracias, Poesía.
Nunca me separaré de ti.

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