jueves, 8 de noviembre de 2012

Aviso: no prometo nada bonito ni un final feliz.

La necesidad agonizando tras la puerta y los suspiros arañando los cristales. Ese es el resumen de la situación. Vamos a profundizar. 
La habitación permanece en silencio, la calma reina en las cuatro paredes y solo ilumina el desastre una frágil ténue luz procedente de la persiana. 
El naranja crea sombras en el rostro pálido que yace en la cama. Aparentemente podemos pensar que no tiene vida, que su espíritu se ha marchado. Pero su respiración fantasmal se deja ver continuada de un vals de lágrimas por las mejillas. Todo un espectáculo. 
La chica de no más de dieciocho años tiembla con las manos manchadas de sangre. El pelo moreno le acaricia los hombros desnudos. Sus piernas frágiles insinuan la falta de compañía. Suspira. 
Tras la puerta el segundo no es menos caótico: 
Un hombre de mediana edad - 47 años- rompe la insonoridad golpeando la madera de la puerta. 
Hombre: ¡Sal de ahí hija de puta! 
No obtiene respuesta y el cabreo se refleja aún más en esa vena de la frente que tiene pinta de estallar.
Lleva puesta una camisa -arrugada y desabotonada- inundada de rojo y unos pantalones hechos jirones. 
El odio fluye por sus pupilas y lleno de impaciencia comienza a luchar con la puerta. El sudor cae por su asquerosa calva y con la voz ronca patalea como un niño de siete años. 
En el salón el drama brilla por sí mismo. Un cuerpo intenta seguir con vida entre asfixia y miedo. 
El joven de veinte años jadea apretándose la herida del vientre. La vida le va en ello. De sus ojos azules caen gotas de ansiedad y musita un nombre, incomprensible para nuestros oídos, repetidas veces. Quizás llame a su madre en busca de consuelo. Quizás susurre a su chica que le salve. Quizás le pida a Dios que le mate. Quién sabe. 
Le quedan pocos minutos para desmayarse y si en cuestión de horas no recibe atención médica, morirá. 
Entras en la casa y lo primero que observas es a una persona totalmente desquiciada tratando derribar una puerta. 
Miras a tu derecha en busca de ayuda y descubres tristemente a un chico agonizando que te mira lleno de pánico. Caminas hacia la cocina y por la ventana observas como una niña sentada en el umbral de la ventana gime ante el vértigo. No sabes qué hacer. No sabes cómo huir y entonces... 
El juego del mar en tus pies te produce un cosquilleo. Solo era una pesadilla. Un pedazo de recuerdos que te tatuan quién eres y que te explican porqué llevas ese pijama del hospital psiquiátrico de Portugal. 
Tras horas naufragando en una barca inchable apareces en una costa que ni tú mismo sabes a qué parte del mapa pertenece. 
Eres esa chica de huesos pequeños que se tiró asustada por la ventana. No, espera, mejor. 
Eres ese joven de veinte años que casi muere desangrándose en el parqué. 
¡Joder! Mejor aún. Eres el hijo de puta que no aceptaba la relación de su niña con aquel traficante que perdiste el rumbo aquella noche. ¡Eso es! 
Acabas de escapar del sitio que te encerraron porque no estabas mentalmente equilibrado. Ay, quién te manda a ti hacer eso. Con lo feliz que eras drogándote y bebiendo en casa hasta las tantas. Pero... ¿esto es lo que querías? 
Siguiente escena: 
El hombre calvo y gordo de ya 50 años -mentalmente trastornado- contiene la respiración notando como el peso de una roca le arrastra mar adentro. 
El océano azulado tiñe de tristeza la toma y en su rostro podemos observar una vida mal labrada. 
La siguiente escena es una pequeña captación de unos niños jugando en la orilla.
Ignorando lo sucedido.

Comenzando su frágil historia.

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