martes, 30 de octubre de 2012

Te mataba el carmín y decidiste matarme a mí.


Exhalé el suspiro más grande de la historia y continué permitiendo que me destrozaras lentamente. 
Como si la ruina que creabas en mí se tratara de la mayor droga que pudiera inyectarme; 
Como si el caos que formabas en mi interior hiciera trizas del pasado.
Llámalo amor, llámalo excesos, llámalo inestabilidad.

Te mataba el carmín y decidiste matarme a mí.
La casa permanecía en silencio y la única luz que iluminaba la oscuridad provenía de nuestra habitación. 
Con cautela, se escuchaban mis gemidos reprimidos acompañados de los latidos desacompasados de tu corazón. 
Ay. Cómo duele recordar, ¿eh?

Aún siento tus delicados dedos acariciando cada centímetro de mi pelo y la comisura de tus labios recorriendo esta piel llena de nostálgicas magulladuras. 
Susurraba mis ilusiones en el lóbulo de tu ojera; como una niña pequeña que acababa de despertar la noche del cinco de enero, como el primer beso que damos bañado en nerviosismo y ternura.
Llámalo esperanza, llámalo pequeños detalles, llámalo felicidad.

Adornaba tu cuerpo tono rojo placer y escondiéndome en el verde manzana de tu iris sentía que la vida podía ser un motivo para sonreír. 
Y así vivía. 

Naciendo entre latido y pecho. 
Muriendo entre tus sábanas. 































No hay comentarios:

Publicar un comentario