lunes, 8 de octubre de 2012

Hablando de zombies...

Lo único que se escucha en la oscuridad son los latidos acelerados de Nora. Su mirada triste vigila la calle tras la persiana.
Y con pánico a lo que pueda pasar, termina los últimos gramos antes del regreso de Joan. 

Con las pupilas dilatadas y un temblor desacompasado, persigue los ruidos que nacen en cada mueble, en cada crujido, en cada gota de lluvia que se desliza por la ventana. 
Su chico lleva tres horas fuera. 
‘Tres horas’ solloza Nora ‘Vuelve, por favor…’
A pesar de lo asustada que está, deja que el efecto de la droga ocupe su cuerpo. Y con un leve suspiro, se deja caer apaciblemente. 
Como si no pasara nada.
Como si en los últimos cinco meses no hubiera cambiado aquello que conocen.
Como si los seres humanos continuaran siendo simples personas.


Los gemidos de las calles se han vuelto monótonos, escalofriantes, rutinarios.
Aún así, el silencio es tan grande que ensordece. 
Joan camina a pocos metros de su casa con sigilo, lleva el Kalashnikov cargado y la astucia recorre su piel. 
Trata de no ser descubierto ya que, cualquier fallo suyo pondrá en peligro su existencia. 
No puede permitirse ningún error; no con la vida de Nora en juego.
Nada más entrar en su pequeño refugio sube corriendo a los brazos de su chica. 
Entonces la ve. Pequeña, dormida, frágil. 
Se recuesta a su lado y sin separar el arma a más de 30 centímetros de su cuerpo, cierra los ojos. 
La preocupación le mantiene despierto. El miedo no descansa, no se marcha. 
Lleva dos semanas sin dormir. 
Todo está en silencio.
“Solo cinco minutos” piensa inocente. Duerme. 

Los golpes, los gemidos, la necesidad de alimentarse… rompe la calma. 
Nora, despertándose por culpa de las pesadillas, descubre que no están solos; que no solo se sufre con los ojos cerrados.
Un escalofrío recorre su piel erizándola. 
En silencio –o intentándolo- avisa a su novio de lo que sucede. 
Joan, lleno de culpa y recogido por la desorientación, coge el arma. Debe proteger a la única persona que le queda. Cueste lo que cueste. Sin separar el ojo de la mira telescópica, siente como su vida se esfuma. Como todos sus esfuerzos se evaporan. 
Nora le abraza temblorosa. 
Se aproximan los pasos…
…Lentos… Sigilosos… Fúnebres…

-Cielo, vas a llamar la atención con la pistola… -Musita a sus espaldas. 
Él se levanta y coge un cuchillo de 15cm. Se coloca en la puerta y con un nudo en la garganta, espera el momento de actuar. 
Nora sujeta el Kalashnikov entre sus dedos de pianista. 
Finos, alargados, débiles. 
-Como sus ojeras-
Empieza a llorar; nunca habían ocupado su casa. Su pequeño refugio. 
Una lluvia de recuerdos interrumpe el momento. 
Ahí estaba ella, paseando por la playa junto su novio. Escapando de las reglas, de todas las limitaciones. Todo era tan perfecto.
Tan mágico.
Tan bonito.
…Que dolía. Como cualquier recuerdo en el que eres feliz. 
Joan sujeta por el cuello uno de los seres y le arranca la vida silenciosamente.
Nora deja escapar un gemido. 
Y entonces, lo ve.

Su chico tiene tras él decenas de seres. 
Empieza a gritar y Joan, ante la escena, coge el arma y dispara sin soltar el gatillo. 
Intenta salir de la habitación pero cada vez hay más. No hay escapatoria. 
-Cariño, ¡toma! –Grita Joan a Nora -¡Dispara a la cabeza! ¡Defiéndete!
Ella, sin reacción, sujeta el Kalashnikov y observa como su chico se avalancha sobre los zombies.
“Todo trabajo tiene un sacrificio”
Joan es el sacrificio. Se va; le pierde.
Nora, llena de miedo, de amor, de impotencia, comienza a disparar.
Cuando ve que han cogido a su único motivo de seguir adelante, pierde todas las fuerzas. La esperanza. El norte. Incluso la brújula.
Tira la pistola al suelo y sin cerrar los ojos –atónita- inhala los gramos de cocaína escondidos en la cajonera.
Se acercan a ella…
Ve a Joan o lo que queda de él. 
Comienza a cerrar los ojos.
Siente el cansancio, el temblor.
…La agarran…
No se resiste.
Y como si se tratara de un mal sueño, cierra los ojos con más fuerza.
…Es hora de descansar…



[Fotografía de... http://www.flickr.com/photos/mariaerreape ]

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