martes, 30 de octubre de 2012

Te mataba el carmín y decidiste matarme a mí.


Exhalé el suspiro más grande de la historia y continué permitiendo que me destrozaras lentamente. 
Como si la ruina que creabas en mí se tratara de la mayor droga que pudiera inyectarme; 
Como si el caos que formabas en mi interior hiciera trizas del pasado.
Llámalo amor, llámalo excesos, llámalo inestabilidad.

Te mataba el carmín y decidiste matarme a mí.
La casa permanecía en silencio y la única luz que iluminaba la oscuridad provenía de nuestra habitación. 
Con cautela, se escuchaban mis gemidos reprimidos acompañados de los latidos desacompasados de tu corazón. 
Ay. Cómo duele recordar, ¿eh?

Aún siento tus delicados dedos acariciando cada centímetro de mi pelo y la comisura de tus labios recorriendo esta piel llena de nostálgicas magulladuras. 
Susurraba mis ilusiones en el lóbulo de tu ojera; como una niña pequeña que acababa de despertar la noche del cinco de enero, como el primer beso que damos bañado en nerviosismo y ternura.
Llámalo esperanza, llámalo pequeños detalles, llámalo felicidad.

Adornaba tu cuerpo tono rojo placer y escondiéndome en el verde manzana de tu iris sentía que la vida podía ser un motivo para sonreír. 
Y así vivía. 

Naciendo entre latido y pecho. 
Muriendo entre tus sábanas. 































C'est la vie.


Soltó la taza y dejó caer su cuerpo en el colchón formado con plumas de su piel de gallina. 
Miraba con tristeza el vals de las motas de polvo que se colaban cautelosamente por la ventana.
Una golondrina trepaba ágil por el paisaje y poseída por la libertad, se hundía en el azul del silencio.
Ella, suspiró
La espuma achocolatada le recordaba a la pasión de aquellos días y sin quererlo, notó a Nostalgia rozando sus mejillas.

Ahí se quedó:

Esperando un cambio. 
Anhelando una mejora en su caótica existencia. 
Lo único que consiguió fue perder ilusión y tiempo. 
Fin. 




























[Fotografía de... http://www.flickr.com/photos/mariaerreape ] 

martes, 9 de octubre de 2012

Café y otras historias de Madrid.

La cafeína de la taza junto el ruido del bar consigue despertarme poco a poco. Solo son las ocho y cuarto de la mañana y el tráfico por las calles de Madrid es más inestable que su Gobierno. 
Dejo que mi mirada se pierda entre la multitud y con suavidad, le doy permiso al lápiz para que devore el folio en blanco. 
Un trazo, un recuerdo, una línea curva, una caricia. 
Así es como tomo mi desayuno cada día. En un dibujo, en una historia que nunca acaba. 
Su voz me sorprende a mi espalda y con nerviosismo me giro. Pocos labios han conseguido seducirme de esta manera.
-¿Me has escuchado? - sonríe de lado a lado - Te decía que si te dedicas a ello, tienes un gran talento. 
Le regalo un gesto pícaro y pidiendo que se agache le susurro: 
-¿Quieres que te dibuje? Será gratis. 
En el 99% de las situaciones, se habría ido. Enfadada, disgustada, sorprendida o avergonzada.
Pero ella con un movimiento juguetón decide sentarse en frente mía. Sorbe de mi café y dejando marca en la cerámica dice: 
-¿Tengo que posar? 
Otra sonrisa. 
-Antes tendrás que firmar un contrato. O aceptar una entrevista. Tú decides. 
Pierde sus ojos color miel en las aceras de Atocha y pensativa musita:
-Entrevista. 
Ni me mira. Ni sonríe. Un gesto de indiferencia se apodera de su rostro. Me gusta. 
-¿Nombre? 
-¿Necesitas saberlo? Solo es una etiqueta, nada más. 
Posa su mirada en mí fijamente y desafiante añade:
-¿Tengo razón o no? 
Suelto una carcajada. 
-De acuerdo, chica sin nombre. Supongo que la edad tampoco querrás decírmela. 
-¿Cuántos me echas? 
-¿Dónde? 
Esta vez soy yo el que juega como un adolescente. Ni sonríe ni separa su mirada de mis ojos. 
-Tengo 27, idiota. 
Suelto otra carcajada y descubro como contiene la risa tras sus mejillas sonrojadas. 
-27, interesante. ¿Trabajas? 
-Y si... Nos dejamos de normalidades y me dibujas. O mejor, preséntate mientras lo haces. 
Su tono de voz. La separación de sus labios. La mirada nostálgica hacia las calles de la capital... Todo se reduce a tácticas femeninas. Me dejo llevar. 
Busco una hoja del cuaderno y comienzo. 
-No tengo nombre. Es solo una etiqueta. 
Una línea curva. Escucho su risa por primera vez. Se me eriza la piel.
-Tengo 31 años y a diferencia de la señorita, trabajo. 
Dibujo la tristeza de sus ojos, la picardía de sus labios. 
-No soy dibujante. Ya me gustaría a mí. Esto es España y aquí se triunfa en el arte si tienes suerte o si la chupas bien. Yo no tengo talento para ninguna de las dos cosas. 
Comienzo con sus pechos. Un suspiro. La suavidad de su pelo. 
-Me dedico a dar clases de medicina en la Complutense. Disfruto mi trabajo, pero... 
Creo un clima de intriga en el bar. 
-...¿Qué hace una señorita como tú en un sitio como este?
Descubro un pequeño gesto de sorpresa en su rostro y vergonzosa, recoge su bolso levantándose.
-Llego tarde, doctor. -Susurra felina.
La miro confuso y descubriendo que era la chica que llevaba viendo semanas tras aquella parada, comprendo su reacción. 
Mañana la volveré a ver. 
-Toma tu dibujo, bonita. 
Lo coge y al descubrir que la he pintado desnuda, exhala una sonrisa mostrando su perfecta dentadura. La comisura de sus labios fina, seductora. Se agacha paseando sus finos dedos por mi espalda y cerrando los ojos, me da un beso que me roba el aliento. 
Me quedo hipnotizado con su figura viendo como se marcha.
Entonces solo queda silencio y un pedacito de ilusión que no sé dónde esconder.

(...) 

Vuelven a ser las ocho y cuarto de la mañana. Madrid sigue sin descansar.
'La ciudad del insomnio' escribo en mi cuaderno. 

Ansioso paseo la mirada de un lado a otro. Pero nada, no está. 
Me termino el café y descubro sus delgadas piernas aproximándose al bar. 
Entra y sin decir una palabra, posa una nota en la mesa. 
Se va, se marcha. 
Callado leo cada palabra escrita con tinta negra en el papel. 
Suspiro. 
Tiene que ser mía, necesito descubrir como se llama. 
Aunque eso sea etiquetar a la chica que me salva de la rutina.

lunes, 8 de octubre de 2012

Hablando de zombies...

Lo único que se escucha en la oscuridad son los latidos acelerados de Nora. Su mirada triste vigila la calle tras la persiana.
Y con pánico a lo que pueda pasar, termina los últimos gramos antes del regreso de Joan. 

Con las pupilas dilatadas y un temblor desacompasado, persigue los ruidos que nacen en cada mueble, en cada crujido, en cada gota de lluvia que se desliza por la ventana. 
Su chico lleva tres horas fuera. 
‘Tres horas’ solloza Nora ‘Vuelve, por favor…’
A pesar de lo asustada que está, deja que el efecto de la droga ocupe su cuerpo. Y con un leve suspiro, se deja caer apaciblemente. 
Como si no pasara nada.
Como si en los últimos cinco meses no hubiera cambiado aquello que conocen.
Como si los seres humanos continuaran siendo simples personas.


Los gemidos de las calles se han vuelto monótonos, escalofriantes, rutinarios.
Aún así, el silencio es tan grande que ensordece. 
Joan camina a pocos metros de su casa con sigilo, lleva el Kalashnikov cargado y la astucia recorre su piel. 
Trata de no ser descubierto ya que, cualquier fallo suyo pondrá en peligro su existencia. 
No puede permitirse ningún error; no con la vida de Nora en juego.
Nada más entrar en su pequeño refugio sube corriendo a los brazos de su chica. 
Entonces la ve. Pequeña, dormida, frágil. 
Se recuesta a su lado y sin separar el arma a más de 30 centímetros de su cuerpo, cierra los ojos. 
La preocupación le mantiene despierto. El miedo no descansa, no se marcha. 
Lleva dos semanas sin dormir. 
Todo está en silencio.
“Solo cinco minutos” piensa inocente. Duerme. 

Los golpes, los gemidos, la necesidad de alimentarse… rompe la calma. 
Nora, despertándose por culpa de las pesadillas, descubre que no están solos; que no solo se sufre con los ojos cerrados.
Un escalofrío recorre su piel erizándola. 
En silencio –o intentándolo- avisa a su novio de lo que sucede. 
Joan, lleno de culpa y recogido por la desorientación, coge el arma. Debe proteger a la única persona que le queda. Cueste lo que cueste. Sin separar el ojo de la mira telescópica, siente como su vida se esfuma. Como todos sus esfuerzos se evaporan. 
Nora le abraza temblorosa. 
Se aproximan los pasos…
…Lentos… Sigilosos… Fúnebres…

-Cielo, vas a llamar la atención con la pistola… -Musita a sus espaldas. 
Él se levanta y coge un cuchillo de 15cm. Se coloca en la puerta y con un nudo en la garganta, espera el momento de actuar. 
Nora sujeta el Kalashnikov entre sus dedos de pianista. 
Finos, alargados, débiles. 
-Como sus ojeras-
Empieza a llorar; nunca habían ocupado su casa. Su pequeño refugio. 
Una lluvia de recuerdos interrumpe el momento. 
Ahí estaba ella, paseando por la playa junto su novio. Escapando de las reglas, de todas las limitaciones. Todo era tan perfecto.
Tan mágico.
Tan bonito.
…Que dolía. Como cualquier recuerdo en el que eres feliz. 
Joan sujeta por el cuello uno de los seres y le arranca la vida silenciosamente.
Nora deja escapar un gemido. 
Y entonces, lo ve.

Su chico tiene tras él decenas de seres. 
Empieza a gritar y Joan, ante la escena, coge el arma y dispara sin soltar el gatillo. 
Intenta salir de la habitación pero cada vez hay más. No hay escapatoria. 
-Cariño, ¡toma! –Grita Joan a Nora -¡Dispara a la cabeza! ¡Defiéndete!
Ella, sin reacción, sujeta el Kalashnikov y observa como su chico se avalancha sobre los zombies.
“Todo trabajo tiene un sacrificio”
Joan es el sacrificio. Se va; le pierde.
Nora, llena de miedo, de amor, de impotencia, comienza a disparar.
Cuando ve que han cogido a su único motivo de seguir adelante, pierde todas las fuerzas. La esperanza. El norte. Incluso la brújula.
Tira la pistola al suelo y sin cerrar los ojos –atónita- inhala los gramos de cocaína escondidos en la cajonera.
Se acercan a ella…
Ve a Joan o lo que queda de él. 
Comienza a cerrar los ojos.
Siente el cansancio, el temblor.
…La agarran…
No se resiste.
Y como si se tratara de un mal sueño, cierra los ojos con más fuerza.
…Es hora de descansar…



[Fotografía de... http://www.flickr.com/photos/mariaerreape ]

martes, 2 de octubre de 2012

Me echo de menos.

Después de tanta ruina, tanto caos, tanta nostalgia... Soy incapaz de encontrarme. 
Me he perdido
¿Vienes a buscarme o sigo tachando días del calendario?