miércoles, 1 de agosto de 2012

Tormenta de verano.

Si es cuestión de confesar, este café crea añoranza de tus labios y mi lengua lo único que roza es el paso de mis sentimientos. Todos ellos, inestables y frágiles, fluyen al nudo de mi garganta que trato disimular.
Mis piernas recorren la cama a la cual nunca has visitado y me pierdo entre el vacío de mi propio techo. 

Dudas como '¿Dónde estarás ahora?' laten en mi piel y le susurro a la taza que no quiero engancharme a ti.                                                                                                                                                            (Aunque sé que es tarde para ello...) 
Separo la comisura de mi labio superior del amargo silencio que me rodea y suspiro.
No sé ni lo que siento.
Los nervios están pudriéndose en mi estómago y este dolor no me permite pensar.
Juntando mis pestañas imagino cómo sería el marcharme en este mismo instante.
Terminaría el café y jugando con la cuchara, pensaría que prendas debo llevarme.
Quizás aquel vestido palabra de honor y mis zapatos. Quizás aquel peto vaquero, un par de tops y mis Vans. Quizás aquella vieja camiseta que me gusta tanto y un par de culots. 

Otra opción tentadora se resume en no llevar nada.
Sonrío ante la idea de bañarme a altas horas de la madrugada en la piscina, desnuda, contigo.
O quizás deberíamos ir al mar y dejar que la arena roce los dedos de nuestros pies mientras nos evadimos del mundo. No sé.
Antes de todo eso buscaría mis libros de Chuck Palahniuk, aquel vinilo triste y un par de cuadernos.
Pocas cosas merecen la pena en estas cuatro paredes.
Cogería un papel arrugado con letra cursiva y soñadora, escribiría: 'Ha llegado el momento de vivir mi vida, gracias por todo' o quizás no.
Lo más seguro es que haría la maleta, y llamando a mi mejor amiga, me escaparía del asfixiante 'tic-tac' que mece la rutina.
Doy otro sorbo a la taza y recuerdo donde estoy, porque no me he ido y quien soy. Y por mucho que busques, no vas a encontrar en este par de palabras mi sonrisa.
El calor, cual pintura en pincel, recorre mi piel y yo sigo encerrada esperando mi tormenta de verano. 

Tú siempre vienes con relámpagos y truenos y aunque no te lo diga, mi mirada de niña te está invitando a escaparnos juntos. 
Le digo al miedo que se marche, que voy a saber sobrevivir sin él. Y rencoroso me recuerda que siempre vuelve. Pero eso da igual.
Si te soy sincera, es la primera vez que acojo una mezcla tan exagerada de sentimientos.
Como un bosque de luz lleno de árboles. 

Como todos los granos de arena que componen el Sáhara.
Como las estrellas que brillan recordándonos lo pequeños que somos.
Para que te hagas una idea, algo semejante a ese tamaño recorre mi interior. Y fíjate que soy pequeña. Y eso que no quería hacerme adicta a otra sustancia que no tuviera cafeína.
Limpiando mis labios con la punta de la lengua, termino mi pequeña cita con Amor y me marcho.
Sin tacones, sin vestido, sin rimel; pero como una señorita que maneja los latidos del corazón con precisión.
Quizás de una manera fría. Quizás de una forma inestable.
Y lo que me cuesta confesar, es que quizás de una forma enamoradiza.
Recordando el tabaco en el sabor de tus besos. Añorando tus manos, tan conscientes del recorrido que dibujan por mi piel como tu mirada. Extrañando tus 'pequeña' que crean una sonrisa en mi rostro.
Vistiéndome y con el sabor a café fundiendo el nudo de mi garganta casi existente, me atrevo a pensar que todo va a ir bien.
Y no, esta vez no voy a planear nada, tampoco voy a dejar que tú lo intentes. 

Nada de promesas, nada de ilusiones de adolescentes.
La magia surge, se crea y se destruye por si misma.
Dejemos que nos sorprenda a solas y si hay que destruirla, que sea a base de besos y caricias que no encuentren fin entre tus sábanas. 

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