martes, 12 de junio de 2012

Sueños y otras drogas.

Los rayos del sol entraban por las cortinas de nuestra caravana.
Tan solo eran las siete y media de la mañana y las olas se agitaban suavemente. 

Me giré abrazando tu pecho. La delgada línea de tu sonrisa reflejaba la ilusión de nuestros sueños. 
Ahí estábamos, a veinte metros escasos del mar, haciendo lo que de verdad queríamos. 
Abrí las persianas mientras me incorporé y soltaste un gruñido al verte invadido por el sol. Sonreí. 
El salado olor entró por la ventana y la emoción pataleó como un niño pequeño mi interior. 
Era feliz. 
¿Nuestra rutina? 
Amanecíamos abrazados.
¿Mi desayuno?

Tus besos. 

Recorríamos la playa entre juegos de críos y soltábamos carcajadas entre las olas. 
Comíamos sentados cerca de la caravana y pasábamos la tarde saboreando cada pedacito del mundo. 
¿Las noches? 
Seguro que sonríes al recordarlas. 
Después de un paseo por la playa , una cena en restaurante o bailar un rato al ritmo de nuestros latidos, era tuya. Te hacías mío. 
Nos convertíamos en uno. 
Dejábamos que la magia se ocupara del resto. 
Y tras sentir que mi vida tenía sentido, me dormía entre tus brazos, con tu sonrisa en mis labios, con tu piel a 4O grados acariciando la mía... 

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